martes, 17 de noviembre de 2009

Aquella noche decidí darte todo lo que humanamente podía. Me levanté de la mesa, fui a buscar la guitarra y no paré de cantar para tí hasta las tantas. Me comí la vergüenza. Me mirabas y sonreias sin ocultar cierta sorpresa.
A partir de entonces te sentí realmente cerca y empezaron a incubarse mis sueños.
Mucha gente alrededor. Muchos sueños dentro. Desde entonces no ha habido ni un día en que no te pensase.

Y otra foto: tú recostada en la silla de la terraza, complacida y absorta, rodeada de luces salpicando el fondo negro. Sonriendo. Mi voz, colándose en tí y besándote el corazón por dentro, más impunemente que nunca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario