domingo, 8 de noviembre de 2009

Supongo que somos amantes.
Ni yo te he puesto un piso ni tú eres mi secretaria, pero somos amantes. Me pregunto por qué las parejitas fijas y felices no son amantes aunque se amen, y tú y yo que buscamos escondrijos de por entre los pliegues de la vida, que solo disponemos de momentos obtenidos atracando a nuestras realidades, que solo tenemos nuestro amor, si que lo somos. Quizá la brevedad remarca la intensidad. Quizá es el presunto delito que cometemos el que nos permite serlo.
Amantes.
Somos amantes porque nos amamos a pesar de todo.
Hacemos cosas de amantes.
Desde mi iglú con vistas a tu iglú con vistas al mar construimos senderos de amor por el aire. Los pajaros y los besos nocturnos solo soñados los utilizan en sus migraciones. Convertimos en palacios de lujo cualquier habitación de hotel, en veleros cualquier cama de sábanas blancas, en oro un solo segundo de mas, un solo beso de mas...
Somos amantes, supongo, por practicar el amor por el amor, el que no ayuda a ascender socialmente -más bien lo contrario- ni calienta los lechos conyugales cada noche de cada día. El amor puro, tal como fué inventado, el amor que solo sirve para amarse, para consumirse, para que no quede nada de nosotros despues de cada asalto y de repente estalle todo el amor del universo para el asalto siguiente.

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